Las declaraciones del actual presidente de EE. UU. revelan una peligrosa lógica imperialista y mesiánica que amenaza con arrastrar al planeta hacia una guerra sin retorno. Es momento de que los pueblos y gobiernos del mundo se levanten por la paz y la dignidad de los pueblos árabes, especialmente Palestina.

En un mensaje de una crudeza escalofriante, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, confirmó la participación estadounidense e israelí en los recientes ataques devastadores contra Irán, y amenazó con continuar la masacre si Teherán no accede a rendirse. En tono triunfalista y mesiánico, Trump sentenció: “Irán debe hacer un acuerdo, antes de que no quede nada. ¡Dios los bendiga a todos!”
Estas declaraciones se produjeron horas después de que el secretario de Defensa, Marco Rubio, negara públicamente cualquier implicancia en los ataques, mintiendo deliberadamente y dejando al descubierto la hipocresía y cinismo del gobierno estadounidense.
Trump se jactó de la capacidad destructiva del arsenal norteamericano e israelí, y afirmó sin rodeos que los líderes iraníes “ya están todos muertos” y que “esto solo empeorará”. Más allá del tono belicista, su mensaje encierra una lógica profundamente peligrosa: la justificación de la aniquilación de un país en nombre de la paz y, peor aún, en nombre de Dios.
El planeta está al borde de una conflagración de consecuencias irreversibles.
La escalada de violencia promovida por el eje EE. UU.–Israel amenaza con desencadenar una guerra regional o incluso mundial. No es posible seguir justificando este tipo de agresiones con el pretexto de la seguridad o la superioridad militar.
El mundo debe denunciar también al sionismo internacional, una doctrina de dominación que ha hecho de la ocupación de Palestina, el desprecio por los pueblos árabes y el uso de la violencia sistemática sus pilares fundamentales. Este proyecto no solo busca borrar del mapa al pueblo palestino, sino también establecer una hegemonía global basada en la fuerza, la guerra, y el control de recursos estratégicos.
El pueblo palestino —y en general los pueblos árabes— no pueden seguir siendo tratados como ciudadanos de segunda clase. Su historia, su dignidad y sus derechos merecen el mismo respeto que los de cualquier otra nación.
Basta de justificar las masacres, los bombardeos y la ocupación con discursos falsamente civilizadores. Si la humanidad quiere tener un futuro, debe rechazar categóricamente esta lógica de guerra perpetua y reclamar una paz basada en la justicia y en el respeto irrestricto al derecho internacional.
El silencio cómplice de muchas potencias solo perpetúa el derramamiento de sangre. Es hora de que los pueblos y gobiernos dignos del mundo alcen la voz:
Ni un muerto más. No en Gaza. No en Irán. No en ninguna parte.